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Sinopsis: |
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Relata la historia de un joven que es obligado por su padre a construir una casa cerca del océano, tomándose un año para desempeñar la labor que le han impuesto, en este período de tiempo se verá colmado de dificultades con la obra, los obreros, ennovias infieles, hippies y nuevos personajes que entraran a su vida para desviarlo y desorientarlo.
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CRÍTICA |
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El no futuro de David
No se trata de un simple asunto generacional o de un arranque de la juventud, sino de un hecho verificable en casi todos los países del planeta. Me refiero a que las oportunidades de desarrollo personal y profesional de los jóvenes parecen mermar con los años. Cada día, cada mes, en países como Venezuela, más y más jóvenes se plantean abandonar el lugar donde nacieron porque en él no encuentran cómo satisfacer sus necesidades de preparación y superación, o lo que es aún más triste, porque sienten que aquí se estancan, se aíslan de las vanguardias del conocimiento.
Si miramos más al sur, a un país como Colombia, la situación es mucho más preocupante no sólo por la situación de guerra civil en que viven nuestros vecinos, sino también por la forma como el narcotráfico ha invadido el ámbito privado de las personas. Pensemos, por ejemplo, en jóvenes como el protagonista del filme Rodrigo D: No futuro (Víctor Gaviria, 1990), cuyo abandono, marginalidad y miseria, aunado a la imposibilidad de emigrar de su Medellín natal, lo transforman en un ser a merced de la violencia más atroz.
Tal realidad parece reproducirse también en Uruguay. Parece, por el planteamiento de la película de Manolo Nieto, La perrera, coproducción entre Argentina, Canadá, España y Uruguay que llega a Venezuela a través de Amazonia Films.
Narrada con una parsimonia cercana al ritmo de esos documentales que registran la vida en zonas alejadas de la dinámica aplastante de las grandes ciudades, esta cinta sigue la vida de un joven llamado David que se siente fuera de este mundo, en el sentido que, por una parte, es totalmente incomprendido por su padre, a quien poco le importa que su hijo quiera estudiar comunicación social en Montevideo con tal de que termine una casa en un terreno que le ha comprado cerca de la playa.
Esa imposibilidad de crecer por cuenta propia, de independizarse del yugo (así mismo) paterno ha convertido a Daniel (impecablemente encarnado por Pablo Riera) en una especie de eunuco social y sentimental incapaz de ocupar su día a día en alguna actividad intelectual, a no ser que sea vaguear o tratar de aplicarse a la construcción de la casa que le pidió su papá; que depende económicamente de éste; que no logra establecer una relación amorosa estable; que se deja llevar por las circunstancias, siendo frecuentemente víctima de los aprovechadores de oficio, y en fin, atrapado en una pereza existencial de la que, al final, intenta salir con resultados un tanto pesimistas. Otro “D” No futuro…
Ya era hora que comenzáramos a reconocernos en las películas hechas en otros países de este continente inexplicablemente incomunicado.
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